Enero, 2008

Lorca.


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Vuelta de paseo

Asesinado por el cielo,
entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.

Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.

Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.

Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!




Oficina y denuncia


A Fernando Vela


Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.


"De poeta en Nueva York"

Underdogs III: Hart Crane.



crane


Nació en Garrettsville, Ohio, en 1899 y desapareció en aguas del Golfo de México en 1932. Hombre atormentado, poeta contradictorio. Hasta su muerte es contradictoria,, hay biógrafos que afirman que se arrojo del barco a la vuelta de su viaje a Cuba, por una supuesta paliza de marinos y otros dicen que fue debido a ver su fuerza poética acabada, sus imaginación acabada ¿quién lo sabe? Hombre cuya juventud estuvo marcada por su vagabundeo de un trabajo a otro de una ciudad a otra. Quizás,o debido a ello, su personalidad esquiva y cambiante, a la que no ayudó su alcoholismo.. En esa época aparece en él uno de los temas más importante de su poesía, el mar.



El RIO

Pega tu nombre público a u letrero
hermano –en todas partes- hacia el oeste-joven
ciertos anuncios de tintes –Japalac- Ciertos Zahones
por amor de la tierra! Bajo el nuevo cartel rasgado
en la esquina garantizada –véase Bert Williams qué?

Cantores cuando robéis un pollo guardad para mí
el ala porque si no es Erie
no hay en millas a la redonda un
Mazda –y la noches telegráfica llegando Thomas


un Ediford .y silbando en el trabajo
un fanal de locomotora corriendo con el ruido-
podéis imaginarlo mientras un EXPRESO gana tiempo como

CIENCIA-COMERCIO Y EL ESPÍRITU SANTO
LA RADIO RUGE EN CADA HOGAR TEMEMOS EL POLO NORTE
WALLSTREET Y EL NACIMIENTO DE LA VIRGEN SIN PIEDRAS O
ALAMBRES O RADUDOS ARROYOS que conectan orejas
y no más ventanas de sermones destellando rugido
conmovedor –como queráis ¿eh?
Así el Siglo Xx –así
zumbó la Limitada –rugió cerca y dejó
tres hombres aún hambrientos en las vías, mirando
con afán las luces de cola secarse y converger,
huyendo, barrenadas y diestras, fuera de la vista.



Bocanada.








Respira fuerte, trata de devorar el universo de una bocanada, eso solía decir mi padre, luego se encerraba a escribir poesía o cuentos en su biblioteca.

Entonces no podíamos hacer ruido, no es que fuese a pegarnos o algo parecido, era un hombre pacífico. Respondíamos con silencio, debido a un acuerdo tácito que todos respetábamos sin cuestionar. Mamá no tenía problemas con ello, ella lo conocía muy bien, le entendía, lo amaba por eso. Mi hermana mayor tampoco parecía sufrir su encierro, lo admiraba demasiado, pasaba horas viéndolo, qué pensaría, no lo se, probablemente se veía reflejada a si misma en unos años, se profetizaba en el viejo. Hoy es una destacada escritora, heredo todo de él. Yo en cambio, me desenfocaba, me sacaba de quicio el no poder disfrutar como los otros niños, al menos eso creía yo, que todos los otros pasaban el día entero jugando o conversando con sus padres mientras que yo, solitario, abandonado por culpa de esos mugrosos libros y sus fiebres creadoras, debía apañármelas.

Ciertamente no tenia a los nueve, la imaginación suficiente para semejante carga.

Crecí ignorando todo respecto a él, distanciado, un tanto resentido y sin embargo, a donde fuera, todos decían, tu viejo es un gran hombre, un erudito. Debe ser increíble ser su hijo, jamás debes aburrirte escuchándolo. He oído que la biblioteca de tu antigua casa es magnífica, copias de obras que considerábamos perdidas, debes pasar horas revisando ese material ahora que él falleció… Es algo valioso el conocimiento, la prueba fehaciente, la labor de tu señor padre.

Yo me pavoneaba, me hacia sentir bien que hablaran así de él, era como si esas cosas las dijesen de mí, aunque en el fondo yo nunca le conociese a ciencia cierta y hasta hoy, luego de veinticinco años, no me haya atrevido por cólera, a entrar a su gran estudio, atestado de obras que no tienen ningún significado especial en mi memoria. En realidad, eso no es del todo cierto, ellos fueron la barrera entre nosotros, sus paredes, ese olor dulce del papel ajado y amarillento mezclado con tonos opacos de madera muerta, siguen siendo el muro. Aquí se forjo el destino de dos hombres, mi apatía hacia el conocimiento y el amor a las grandes empresas movidas por un carácter depredador y claro como olvidar la augusta figura pensativa, que todos elevan en su imaginario y que luego pasaría a formar parte de contratapas de muchas obras reconocidas para terminar como fotos en libros escolares y en más de alguna biblioteca o museo, junto a las de otros, que contribuyeron a dar identidad a nuestra cultura. Me sorprende como los recuerdos engañan. Mi impresión de este sitio, la biblioteca, no es la misma de antes, la creía enorme. Es grande pero no descomunal y fria como en mis pesadillas. Todo cambia y obviamente con los años los elogios no estuvieron exentos. Pasaron a ser llaves para oportunidades insuperables, aunque también una constrictiva comparación, un comentario inevitable. -Ah usted no escribe como su hermana o su padre, la oveja negra eh. Un hombre de negocios, gris hasta el alma, es broma, un gusto tenerlo aquí… ojala sea tan brillante con las cuentas como su padre lo era con la pluma.

Y lo he sido, ahora me encargo de las regalías y reediciones de su trabajo,

soy dueño de una de las más grandes casas editoras y manejo la creación de

muchos que han seguido la arenga de convertirse en un pequeño Dios ante el papel. Mi hermana no es una de mis clientes por supuesto, ella me detesta, dice que soy un buitre, un mercachifle que tijereteo lo espontáneo, lo vivo. Ella le va a lo independiente. En numerosas entrevistas ha dejado ver desnuda su brutal opinión hacia basuras comerciales y consumistas como yo. -Han llenado los anaqueles de las librerías y bibliotecas con lo peor, formulas miserables, prosas en serie, explotan tesoros de la humanidad, ponen precio a lo sensible a la belleza. No nos hablamos desde hace cinco años. Enloqueció cuando compre a mi madre la casa en que crecimos para volverla un museo cuyo principal atractivo seria mostrar al mundo la biblioteca del vate, el rapsoda moderno que redefinió la modernidad desde su lógica trascendente, dejando impregnado cada muro con su sabiduría y trasgresión visionaria… soy muy bueno para vender… me he vuelto un poeta de los slogans y mi viejo no es más que una pegatina o estampado, en un gift shop al terminar el tour… no lo veo como una venganza, es más bien lo que merezco como compensación ante tantos años de silencio…


Sólo aquí hay calma, ante el bullicio y griterío, los libros se mantienen en sus posturas impasibles, el mundo afuera no ha cambiado para ellos y sin embargo su contenido cobra más fuerza, su mensaje se nutre en oposición a la barbarie de esos desgraciados. Cuelgan a las pobres gentes que reclaman su derecho a ser libres… están quemando, saqueando a las familias y entre cada zapateo

y ráfaga, sepultan una parte de todos. Cada día se llevan a más personas… El destino de esos cuerpos es un rumor oscuro, desdibujado… Ahora están aquí por esto, para echar abajo este lugar y cada hoja inocente que no se doblega.

No soportan el pasado, saben que en estas letras, en estas hermosas paredes con oídos, hay una tolerancia que sus corazones extrañan y que no se condice con el futuro que quieren modelar.

Desde un sanguinario y unilateral presente, procuran raspar lo que hemos vivido, soñado, sufrido y colocar su emblema, el palimpsesto vulgar que llaman verdad.

Suenan los vehículos, sus ruedas sobre la tierra y comienzan a retumbar esos cantos imperiales, la voz de su líder discursea en un estúpido galimatías.

Empapa las frías calles y llega por las ventanas hasta aquí. Los muros resisten su voz muerta, su mensaje de odio. Aquí estoy a salvo, pero no tardarán en derribar esas puertas y reducir cada palmo del edificio con antorchas. Yo soy parte ahora de él, de sus pasadizos y laberintos, en que tantos se perdieron para reencontrarse entre ideas originales… La madera estalla en miles de pequeños fragmentos, el cemento del umbral cae, no se dan el tiempo de considerar sutileza alguna, de discernir sobre el contenido del mundo que los devora, el tanque entra aplastando mesas y estanterías, luego gritos, maldiciones, botas y uniformes como destellos que van y vienen con grandes haces de luz en sus manos. Depositan su calor y el papel arde mudo, ahora no hay refugio para el canto y proclama del emperador, salgo de mi oficina demudado, consciente de mi suerte, decepcionado de la humanidad y los veo disfrutar la insensatez, son máquinas. Qué los llevo a esto, jamás podré descubrirlo. Respiro fuerte, trato de devorar el universo de una bocanada, abren fuego y terminan por consumir la vida. El silencio se reestablece, se marchan y detrás suyo quedan absurdos despojos.


…Mi padre escribía este tipo de cosas, sensiblerías. Probablemente validas para otros tiempos, el mundo es distinto ahora, es un lujo amargarse y buscar preguntas de esquiva resolución. Mucha gente sintió a flor de piel su mensaje, lo aman, tienen una opinión de él, una buena.. Yo nunca lo entendí, debió ser más directo.




Autor: Daniel Rojas P.


Girondo




APUNTE CALLEJERO


En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos
senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El
ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En
un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par
una ventana.
Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los
transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento
tan lleno que tengo miedo de estallar... Necesitaría dejar
algún lastre sobre la vereda...
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de
pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.

Concertina.




Que trágica demencia fluida
por entre la yema delicada.
Extremos de centauro manan,
laberintos y mentiras
poéticas falacias.
Para ustedes lectores minotauros,
cautivos en el miedo personal,
comedia dirigida por el hilo;
La maqueta de mi prosa impúdica
la máquina humana
de mi cancerígena voz…



Autor: Daniel Rojas P.


Poeta+arica, poesía+ariqueña, escritor, Daniel+Rojas+Pachas, carrollera, música+histórica, Daniel+Rojas, escritor+ariqueño, escritor+chileno, poeta+chileno

Huidobro.


Prefacio Altazor.


Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.

Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata.

Mi padre era ciego y sus manos eran más admirables que la noche.

Amo la noche, sombrero de todos los días.

La noche, la noche del día, del día al día siguiente.

Mi madre hablaba como la aurora y como los dirigibles que van a caer. Tenía cabellos color de bandera y ojos llenos de navíos lejanos.

Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.

Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcos-iris.

Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.

El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: «Si yo fuese dromedario no tendría sed. ¿Qué hora es?» Bebió las gotas de rocío de mis cabellos, me lanzó tres miradas y media y se alejó diciendo: «Adiós» con su pañuelo soberbio.

Hacia las dos aquel día, encontré un precioso aeroplano, lleno de escamas y caracoles. Buscaba un rincón del cielo donde guarecerse de la lluvia.

Allá lejos, todos los barcos anclados, en la tinta de la aurora. De pronto, comenzaron a desprenderse, uno a uno, arrastrando como pabellón girones de aurora incontestable.

Junto con marcharse los últimos, la aurora desapareció tras algunas olas desmesuradamente infladas.

Entonces oí hablar al Creador, sin nombre, que es un simple hueco en el vacío, hermoso como un ombligo.

«Hice un gran ruido y este ruido formó el océano y las olas del océano.

»Este ruido irá siempre pegado a las olas del mar y las olas del mar irán siempre pegadas a él, como los sellos en las tarjetas postales.

»Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno; los días que tienen un oriente legítimo o reconstituido, pero indiscutible.

»Después tracé la geografía de la tierra y las líneas de la mano.

»Después bebí un poco de cognac (a causa de la hidrografía).

»Después creé la boca y los labios de la boca, para aprisionar las sonrisas equívocas y los dientes de la boca para vigilar las groserías que nos vienen a la boca.

»Creé la lengua de la boca que los hombres desviaron de su rol, haciéndola aprender a hablar... a ella, ella, la bella nadadora, desviada para siempre de su rol acuático y puramente acariciador.»

Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente. Tal es la fuerza de atracción de la muerte y del sepulcro abierto.

Podéis creerlo, la tumba tiene más poder que los ojos de la amada. La tumba abierta con todos sus imanes. Y esto te lo digo a ti, a ti que cuando sonríes haces pensar en el comienzo del mundo.

Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente, como si ignorara la inutilidad de sus esfuerzos.

Y aprovechando este reposo bien ganado, comencé a llenar con profundos pensamientos las casillas de mi tablero:

«Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

»Se debe escribir en una lengua que no sea materna.

»Los cuatro puntos cardinales son tres: el Sur y el Norte.

»Un poema es una cosa que será.

»Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.

»Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

»Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento.

»Si yo no hiciera, al menos una locura por año, me volvería loco.»

Tomo mi paracaídas, y del borde de mi estrella en marcha, me lanzo a la atmósfera del último suspiro.

Ruedo interminablemente sobre las rocas de los sueños, ruedo entre las nubes de la muerte.

Encuentro a la Virgen sentada en una rosa, y me dice:

«Mira mis manos: son trasparentes como las bombillas eléctricas. ¿Ves los filamentos de donde corre la sangre de mi luz intacta?

»Mira mi aureola. Tiene algunas saltaduras, lo que prueba mi ancianidad.

»Soy la Virgen, la Virgen sin mancha de tinta humana, la única que no lo sea a medias, y soy la capitana de las otras once mil que estaban en verdad demasiado restauradas.

»Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes.

»Digo siempre adiós, y me quedo.

»Amame, hijo mío, pues adoro tu poesía y te enseñaré proezas aéreas.

»Tengo tanta necesidad de ternura, besa mis cabellos, los he lavado esta mañana en las nubes del alba y ahora quiero dormirme sobre el colchón de la neblina intermitente.

»Mis miradas son un alambre en el horizonte para el descanso de las golondrinas.

»Amame.»

Me puse de rodillas en el espacio circular y la Virgen se elevó y vino a sentarse en mi paracaídas.

Me dormí y recité entonces mis más hermosos poemas.

Las llamas de mi poesía secaron los cabellos de la Virgen, que me dijo gracias y se alejó, sentada sobre su rosa blanda.

Y heme aquí solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos.

Ah, qué hermoso... qué hermoso.

Veo las montañas, los ríos, las selvas, el mar, los barcos, las flores y los caracoles.

Veo la noche y el día y el eje en que se juntan.

Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.

De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.

Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta.

La montaña es el suspiro de Dios, ascendiendo en termómetro hinchado hasta tocar los pies de la amada.

Aquél que todo lo ha visto, que conoce todos los secretos sin ser Walt Whitman, pues jamás he tenido una barba blanca como las bellas enfermeras y los arroyos helados.

Aquél que oye durante la noche los martillos de los monederos falsos, que son solamente astrónomos activos.

Aquél que bebe el vaso caliente de la sabiduría después del diluvio obedeciendo a las palomas y que conoce la ruta de la fatiga, la estela hirviente que dejan los barcos.

Aquél que conoce los almacenes de recuerdos y de bellas estaciones olvidadas.

Él, el pastor de aeroplanos, el conductor de las noches extraviadas y de los ponientes amaestrados hacia los polos únicos.

Su queja es semejante a una red parpadeante de aerolitos, sin testigo.

El día se levanta en su corazón y él baja los párpados para hacer la noche del reposo agrícola.

Lava sus manos en la mirada de Dios, y peina su cabellera como la luz y la cosecha de esas flacas espigas de la lluvia satisfecha.

Los gritos se alejan como un rebaño sobre las lomas cuando las estrellas duermen después de una noche de trabajo continuo.

El hermoso cazador frente al bebedero celeste para los pájaros sin corazón.

Sé triste tal cual las gacelas ante el infinito y los meteoros, tal cual los desiertos sin mirajes.

Hasta la llegada de una boca hinchada de besos para la vendimia del destierro.

Sé triste, pues ella te espera en un rincón de este año que pasa.

Está quizá al extremo de tu canción próxima y será bella como la cascada en libertad y rica como la línea ecuatorial.

Sé triste, más triste que la rosa, la bella jaula de nuestras miradas y de las abejas sin experiencia.

La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer.

Vamos cayendo, cayendo de nuestro zenit a nuestro nadir y dejamos el aire manchado de sangre para que se envenenen los que vengan mañana a respirarlo.

Adentro de ti mismo, fuera de ti mismo, caerás del zenit al nadir porque ese es tu destino, tu miserable destino. Y mientras de más alto caigas, más alto será el rebote, más larga tu duración en la memoria de la piedra.

Hemos saltado del vientre de nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.

Ah, mi paracaídas, la única rosa perfumada de la atmósfera, la rosa de la muerte, despeñada entre los astros de la muerte.

¿Habéis oído? Ese es el ruido siniestro de los pechos cerrados.

Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera. Puedes abrir con un suspiro la puerta que haya cerrado el huracán.

Hombre, he ahí tu paracaídas maravilloso como el vértigo.

Poeta, he ahí tu paracaídas, maravilloso como el imán del abismo.

Mago, he ahí tu paracaídas que una palabra tuya puede convertir en un parasubidas maravilloso como el relámpago que quisiera cegar al creador.

¿Qué esperas?

Mas he ahí el secreto del Tenebroso que olvidó sonreír.

Y el paracaídas aguarda amarrado a la puerta como el caballo de la fuga interminable.


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